miércoles, 11 de abril de 2007

Aparente Soledad

Como cada tarde, sentado en su viejo sillón de mimbre, junto a la cocina a leña, don Pedro dormita después de un rico almuerzo. Parece estar solo. Hace poco más de dos años falleció su esposa. De los pocos amigos que tenía, la mitad está en el cementerio y la otra se encuentra en algún “bolichito” pasando las penas de los años.

Para que hablar de su hijo, Agustín, a quien no ve desde la muerte de su esposa. Y es que las malas lenguas del barrio comentan que la muerte de doña Sarita no fue un accidente. Todos hablan de la misteriosa actitud del “viejo Pedro”, como lo llaman los vecinos.

Aquel día, como ningún otro, la casa del “viejo Pedro” tenía todas las ventanas cerradas. Un hedor a azufre invadía su acera y en la basura, rota por los perros, se dejaba entrever ropaje manchado de sangre. Pero nadie comento nada.

En el sepelio el ataúd estuvo cerrado. Y no le permitió el paso a nadie, ni siquiera a su hijo. Todo hacía sospechar un terrible crimen. Además todo calzaba…

El “viejo Pedro” era el asesino, pero ¿cuáles eran las motivaciones del anciano?…Al poco tiempo se sabría. Pasaron sólo unas semanas, antes que el viejo llegara a la casa a compartir su lecho con una nueva pareja. La que lo acompañaba día a día en su aparente “soledad”.

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